Desplazados

Durante años tuve la suerte de caminar por un paisaje prístino, a orillas del Pacifico, en la provincia de Valparaíso de Chile. El lugar se llama Tunquén, con una costa llena de energía, acantilados, imponentes roqueríos, grandes olas, y una playa solitaria de casi 2 kilómetros de arena delgada y mareas fuertes.

En dicha playa hay un gran humedal, que en invierno se une con el mar. En él anidan por temporadas muchas aves, en sus migraciones por el Continente. Por eso, al caminar por los senderos de Tunquén con mis hijos, siempre, escuchando el fuerte ruido del mar y respirando la brisa fresca y a veces salada, veíamos infinidad de pájaros. Eran sus territorios!.

Me atrajo hasta este territorio la cercanía del mar para nadar y las vistas desde los acantilados sobre las rompientes, puesto que mi sueño más recurrente desde mi infancia, es volar como si fuera un pájaro sobre mares, bosques y praderas.

Con los años llegaron más habitantes al lugar, subieron los precios y empezó la presión de las inmobiliarias. El humedal cada vez recibía más basuras, en la playa empezaron a ingresar vehículos todo terreno, y la parcelaciones amenazaban el hábitat de las especies del entorno.

Entonces me hice parte de la Fundación Tunquén Sustentable, cuyo propósito es la protección de toda dicha zona, como Santuario de la Naturaleza.

En ese esfuerzo tomé conciencia de cómo, en tantos lugares, los humedales están desapareciendo en concreto un 64%, convertidos en semi basurales, rodeados de alambradas, o directamente intervenidos por proyectos inmobiliarios. Los pájaros son testigos y víctimas de dichos procesos.

De allí, que en vez de deshacerme de unas viejas lonas de hamacas de playa (o sillas de playa), oxidadas por el sol, la humedad y la caca de gaviotas, comencé a reciclarlas y pintar allí a los pájaros observando estos entornos hostiles que amenazan con desplazarlos.